«Vargas Llosa no tenía título y hace un par de semanas, sin saberlo, salió a la calle a buscarlo. Partió de su casa de Barranco, en Lima, con gafas de sol, un gorro que le tapaba media cara y una gabardina de aires detectivescos. La ruta que tomaría ese día la había fijado, también sin saberlo, en 1952.
«Un recuerdo abrió la compuerta. Era la imagen de los únicos tres meses de bohemia que vivió en su vida. Tenía 16 años y trabajaba como periodista en La Crónica. Algunas noches salía del periódico con los amigos y se iban a la casa de un dibujante al que le gustaban los valses criollos. La casita humilde donde tocaban el cajón y escuchaban y cantaban temas de Felipe Pinglo quedaba en Cinco esquinas. Ese recuerdo, que lo pudo asaltar mientras caminaba, escribía o comía un yogur, lo acompañó durante el día y, luego, trasladado al papel se convirtió en el escenario donde pasan buena parte del día dos de los personajes centrales de la (nueva) novela.» (El País, Madrid, 3 maio 2015)
O escritor contou a mesma história numa entrevista ao Expresso, há pouco tempo.
